Foto-periodismo Foto-comercial Contáctanos

Conquistadores y conquistados

La lucha por su libertad renueva la identidad del pueblo. Al enfrentarse a los soldados franceses, los hijos del país que más enemigos tuvo en el mundo se encontraron a si mismos tras siglos de decadencia absolutista y distanciamiento de sus monarcas. Germina una personalidad que se desarrollará durante dos siglos más en su sentido liberal, siempre latente a pesar del mal encabezado por los intereses de élites minoritarias. Un trayecto forjado de enfrentamientos entre su propia dicotomía hasta una esquizofrenia que la lleva a pelear contra sí misma, su pasado y su presente, en busca de su futuro. A España la dividen.

Finalmente, tras la muerte de Franco, el espíritu liberal español se consolida en la estabilidad de la democracia. España es integradora. Una identidad plural y conciliadora, alimentada por la inmigración. La evolución del espíritu del 2 de mayo de 1808 culmina en una nación de naciones donde se eliminan las fronteras de los excluyentes nacionalismos tradicionales, aún latentes en el País Vasco y Cataluña.

De la reconquista a la conquista del mundo. Seiscientas ciudades se fundaron en apenas 150 años por toda América. El ansia de plata y oro para sufragar las guerras del imperio diezmó a la población indígena de la América Central y del Sur. La sangría no llegó al exterminio que sí se produjo en América del Norte por parte del imperio colonial británico, y en África por parte de los colonos británicos, franceses, belgas y holandeses. A pesar de las heridas abiertas, el imperio colonial español deja como herencia un existencialismo constructivo. A partir de su independencia, las naciones hispánicas se enfrentaron a sus fantasmas en busca de su identidad perdida, Carlos Fuentes lo llamó el espejo enterrado. A pesar de los siglos de expolio español y, posteriormente, norteamericano, hoy estas naciones persiguen un esperanzador desarrollo, muy superior al estado de guerra tribal interminable de África. En América del Norte las tribus indias, sencillamente, ya no existen. Ni siquiera se da un interés manifiesto por su legado más allá de chabacanos fetichismos o los ligeros símbolos estéticos adoptados por la contracultura de los años sesenta.

Actualmente, Madrid es conquistado por la llegada de sus naciones hermanas de Hispanoamérica, y las de África, Asia y Europa Oriental. Recibidas por el cálido ánimo de un pueblo liberal y liberado de sus propios miedos y contradicciones, al margen de los intereses económicos y políticos que abren o cierran las fronteras españolas. El espíritu del 2 de mayo de 1808, por fin, respira aire fresco desde la tranquilidad del trono democrático, bajo la mirada del mejor de nuestros reyes. El primero en comprender a su pueblo. Don Juan Carlos de Borbón ejerció de bisagra indispensable de la transición y contuvo a los rencorosos neofranquistas con el temple de su juventud. Desde los primeros años de democracia hizo del talante dogma frente a cualquier interés personal, mientras la nueva España se dirimía en dialéctica política, frutos de las semillas sembradas durante la dictadura, hasta definir su actual socialismo neocapitalista, apoyado necesariamente por una derecha de expectativas renovadas. Sólo juntos pueden reforzar una débil economía.

El trono

Vuelven a abrirse. ¿Quiénes? ¿Qué? Arcos desgastados. La piedra de tus venas. Bóvedas escurridizas. La pena de tu mirada, estela de lágrimas cristalinas en una nube de lluvia. Sus pasos. Sus gritos. Mis pasos. Abiertos. Abiertas. Ventanas. Nubes. Corazones. Adoquines, la lluvia calma la rabia. Al fondo. Debajo. Inextinta. ¿Cómo te llamas? Llama. Eres mía. Y suya. ¿Eres tuya? La misma palabra te da muchos nombres.

Soledad. Amargura. Camino cuando todos han desaparecido. Hasta una plaza desierta. Multitud de únicos esfuerzos. Madre. Amante. Quiero aprender a ser padre.

Sendero de flautas. Cumbre de besos. Ánima envuelta en milagros. La sonrisa del crepúsculo. Crepúsculo de tus labios. Muerte de muertes. Ensenada de pechos abiertos. Cruento delirar de los que no deliran, sólo imaginan, viento en remolino. Columnas tronchadas. Se descomponen los capiteles, flotan sus hojas de acanto. Se desenroscan sus volutas. Ante tus ojos, que fosforecen entorchados de bosque, árboles y hojas de árboles. Mis manos se rompen al golpear. Todas nuestras manos. Tambores

El aire fresco busca los recovecos. Tus oídos. Siempre me recordarás. Sobre la pereza del instante. Quiero acostarme contigo. Pero somos muchos. Degustar tu aliento. Bajo un techo de trinos.

Y él se vuelca hacia atrás en su trono, y se recuesta en un sueño de suicidio perdido, sabe que entregó su vida sin pensarlo. Y sonríe.

Fotos: Gabriel Barrios. Texto: Manuel Díaz